18 oct 2009

NUMANCIA / Catherine Ross

Estuve rodeado de blanco. Nunca había estado en un lugar como esto. Sentí como estuve el tomate entre dos lados de pan. Mi casa estaba en una calle estrecha con edeficios largos y blancos.
"Cuál es su nombre? No recuerdo," me preguntó mi señora.
"Catherine."
"Que? No es un nombre muy fácil."
"Cati," respondí.
"Ahhh! Cati! Vale. Me llamo Loli."
Mi señora tenía piel de cuero y una sonrisa armarillo. Aprecía como una mujer genuina.
Entré la casa. Me quedé tan sorprendido. Era menos grande que mi apartamiento a la escuela. Sin embargo, tenía muebles y una tele lujosos. Habían fotos de niños y santas por las paredes.
"Que bonito! Me encanta su casa!" Te dije.
Anduvimos casi cinco metros y estuvimos en mi cuarto. Tenía cada cosa que necesitaría y era muy mono. Sin embargo, el momento que vi a mi cama, quería llorar. Había una muñeca antigua sin ropa y un ojo en mi cama. Pensé que estuve mirándome. No supe cómo debé reaccionar. No quise ser maleducada. Sonreí y dije, "Perfecto. Muchas gracias."
Mi señora mi dijo algo, pero no pude entender nada. Solamente dije, "Que?" muchas veces con una sonrisa. Finalmente me dejó en mi cuarto.
Pené que este semestre sería muy diferente, pero tuve confianza que me gustaría.


APRENDIENDO A REIRME DE MÍ MISMA / Valerie Hartshorn

Ninguna parte de llegando a Sevilla era gradual, ni pacifica. Huelga decir que nada era horrible, pero el viaje vino con lecciones importantes aunque las clases no habían empezado. Puedo decirte que “esposa” y “novia” no tienen el mismo sentido. Mientras de esperando el primer avión, un hombre casado argentino se rió con cara roja, y algunas lagrimas, cuando le pregunté sobre su novia en Argentina. Primera lección: hombres casados tienen esposas, no tienen novias (por lo menos espero que no). Que rico, el fruto de mi primera conversación en español. En el aeropuerto de Madrid, nueves horas después del incidente con mi profesor argentino, me descubrí corriendo el largo de 37 puertas del aeropuerto; una americana sin ningún sentido de impresionar la gente español ni de mantener su compostura. ¿Qué puedo decir? No quería faltar el avión saliendo para Sevilla, mi destinación. Los tres hombres a mi puerta, número tres, gritaba “Pasa! Pasa!” sin mirando mi pasaporte ni mi billete del avión. Y cuando me entré y millones de ojos curiosos me miraba con mi mochila pesada y el sudo saliendo por mi cara, yo estaba la persona riendo. En el espacio de nueve horas, he aprendido la lección más importante que me serviría bien durante adaptando a la vida española. Y después de un mes aquí, todavía estoy riendo a mí misma.